El crecimiento de Facebook es un fenómeno sin parangón en la historia de Internet. Sus usuarios se multiplican de tal forma que algunos han estado diciendo en las últimas semanas que “supera” o “pone en jaque” a Google, con un alarmismo basado en estudios que no creemos que pueda tomarse muy en serio.

Estamos en una sociedad que se internetiza a toda velocidad, y cada vez son menos los sectores sociales que se quedan fuera. A internet se entra por una puerta llamada google, que ha conseguido acaparar buena parte de las páginas de inicio, y que ha convertido su marca en una palabra de uso común. Ahora es el turno de Facebook, que está haciendo las veces de red social preferida, grupo de discusión, coordinador de eventos y hasta email.

Mirando las cifras y dándoles una interpretación canibalizadora, podría pensarse que uno va a acabar con otro, pero quienes escriben de esta manera olvidan frecuentemente que se trata de dos peces de distinto mar.

Hace unos meses, conocimos el dato de que los adolescentes norteamericanos empiezan a sustituir las búsquedas en google por búsquedas directamente en youtube y hubo quien se echó las manos a la cabeza pronosticando el fin del buscador. Sin embargo, olvidaban en aquella ocasión que aunque sea una muestra de internautas muy interesante para medir tendencias de consumo, la adolescencia norteamericana se parece poco a otras franjas de edad y otros países.

Facebook, Youtube y Google son ahora mismo nuestros tres gigantes amigos. Cada cual cumple su función y la interacción entre ellos se ha convertido en un primer paso de lo que viene, la red 3.0. Los usuarios pueden navegar por gran parte de los contenidos sin salir de ese triángulo, pero no se puede, en realidad, prescindir de ninguno.

Será el momento de hablar de depredación cuando un nuevo buscador, o una nueva red social, o una nueva plataforma de vídeo… o mejor, un site que aúne los tres, no sólo como espacio donde indexar contenido sino como catapulta de creación, empiece a desbancar a los reyes.

Entre tanto, no caigamos en el sensacionalismo.